I Cursa de Muntanya Barraques de Vinya Viladordis

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    Luigi
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    El coche aceleró una vez dejó atrás las luces de la ciudad y avanzó en la negritud de la noche. El conductor se sentía extraño en esta nueva situación que, aunque esperada y recibida con entusiasmo, el nuevo otoño dejaba atrás las mangas cortas y el nuevo frío se dejaba sentir antes del amanecer, un amanecer que parecía que nunca acabaría de llegar. La grata compañía de la música en la radio desapareció como tantas otras veces debido a la orografía de la zona y el conductor, ése mismo día más concretamente el corredor, se vió inmerso en un ambiente silencioso y oscuro, un ambiente donde lo único visible eran las luces de los faros, un ambiente existencialista y absorbente como muchas pinturas de Edward Hopper. Así, el corredor no tuvo más remedio que caer en la trampa de sus propios pensamientos. Una vez más, repasó fugazmente los últimos meses, la intensidad de los hechos vividos y no encontró ningún nexo ni ningún guión a seguir en medio de lo que él había experimentado como una vorágine. Tanto había sido así que se había llegado a cuestionar muchas cosas y aún se sentía en cierta manera a merced del vaivén de un azar vital con frecuencia insospechado e incontrolable. Porque, de hecho -y se preguntó una vez reanimado por las luces de un camión-: ¿qué iba a hacer realmente esa misma mañana? ¿no había decidido dejar de acudir a carreras los fines de semana? ¿no resultaba todo un poco incoherente? La duda o las dudas dejaron paso a una respuesta un poco condescendiente con él mismo: acudía a una invitación, a una muestra de amistad, se sentía descortés no tomar parte en la competición, aunque esta última palabra ya hacía semanas que había sido desterrada a la memoria más reciente.

    Una vez en el destino y tras las gestiones habituales, debido a su carácter tímido y a la vez huraño, extraño del ambiente, decidió ahuyentarse y aprovechar para pasear hasta el edificio que tenía intención de conocer. Por el camino, le atrajo el sonido del agua en movimiento que procedía de un pequeño canal. Allí también escuchó los primeros silbidos del mirlo, una melodía más que agradable en el momento de la aurora. Y así, inflamada su sensibilidad, llegó hasta delante de la misma iglesia de Santa Maria de Viladordis, envuelta en aquellos momentos en un silencio cautivador. Tras atravesar la entrada del templo, el silencio aún se hizo más intenso y unido a la poca luz allí presente el conjunto emanaba una sensación de trascendencia. El corredor agradeció el momento y prometió volver nuevamente. De todo lo visto, se quedó con el detalle de la Pedra de Sant Ignasi, una losa de mármol donde el religioso solía arrodillarse y orar durante su estancia en la zona, ahora hace ya unos cuantos siglos.

    De esta manera, el corredor, si bien reacio a competiciones, volvió hacia la salida de la carrera con otro aire, con otras ganas. Tras los saludos a algunos conocidos, el grupo partió a diferentes ritmos según las aptitudes de cada uno. Paradojas de la mentalidad personal, él sabía que los primeros momentos eran muy importantes y decisivos para el transcurso de su carrera y era en esos precisos instantes cuando más fuerza de voluntad tenía que administrar. Tenía la firme convicción de no volver a transformar unas horas agradables en un largo sufrimiento, tal y como le había sucedido en otras ocasiones, de manera que llegó a la conclusión que éste debía ser el quid de la cuestión: correr para pasarlo bien. Y el corredor se lo había repetido una y otra vez, en realidad, infinidad de veces, casi como un mantra, a ver si así acabaría siendo realidad. O eso creía.

    Los primeros minutos posiblemente fueron adecuados: mientras vió el grupo que avanzaba en cabeza él sencillamente ajustaba un paso ni muy lento ni muy rápido, ocupando una posición en la que podía correr cómodamente. Como ya conocía el recorrido, tenía claro dónde y cómo tendría que esforzarse, porque al fin y al cabo, de un paseo no se trataba. Decidió unirse a un grupo que marchaba en fila india y tras unos primeros cambios de ritmo debidos a unos repechos y el paso por unos campos de cultivo, el grupo descendió cómodamente por un sendero hasta hacer compañía al río Llobregat. Sin ninguna prisa, el corredor pasó a formar parte de la cola de este grupo y poco a poco los dejó ir. Como si de una metáfora o de un sueño se tratara, le sobrevino el extraño pensamiento que todo aquel grupo que se alejaba podría significar el mismo hecho de correr, su propia misma actividad como corredor -tan entredicha y cuestionada por él mismo las anteriores semanas- e insconcientmente intuyó que todo aquello debería acabar allí mismo, que debía buscar una solución a todas las preguntas que había mantenido consigo mismo sobre la actividad que tanto le había apasionado. De todas maneras, es cierto que podía ser que la respuesta nunca apareciera, si bien la certeza era seguir buscándola.

    Una vez el terreno ascendió, se vió envuelto poco a poco en un ímpetu interno y aunque intentó moderarse, fue marcando un vivo ritmo mediante el cuál iba dando alcance a algunos corredores de aquél grupo y los iba dejando atrás. En esos momentos era muy consciente que volvía a ser muy poco honesto consigo mismo, que podía acabar agobiándose, pero un fuego interno le obligaba a continuar. Tras el último desnivel, llegó exhausto y muy cansado, pues había superado a más de una docena de corredores. Debió regularse y recuperar el aliento, y alternó la posición con otros compañeros, en una zona densamente arbolada y donde era totalmente preciso estar muy atento a la señalización y el terreno por el que se transitaba. La temperatura acompañaba y el aire estaba profundamente perfumado con el aroma de varias plantas mediterráneas. En el horizonte, como un espejismo, aparecía la sorprendente montaña de Montserrat.

    En el tramo paralelo a la Riera de Mura, el corredor notó que algo vivo estaba dentro suyo, el terreno llano era apto para ritmos más altos, y aún así, el corredor no quiso abandonar su posición. Se dió cuenta que gracias a los entrenamientos con otros ritmos no habituales, en aquellos momentos podía seguir manteniendo su posición sin gran esfuerzo. Cuando ya estaba a punto de adelantar al último corredor de aquél grupo inicial, notó cómo las pulsaciones aumentaban, notó cómo el mismo corazón latía con mucha más fuerza aunque las piernas no necesitaban más flujo y en ese preciso instante, recordó la piedra de Ignacio, y pensó cómo el ahora santo católico había tenido fe cuando más lo necesitaba, cómo había creído en sí mismo en los momentos más difíciles y el corredor entonces sintió en lo más profundo de su ser que era corredor, que necesitaba correr tanto como el aire que respiraba, que formaba parte de su misma vida tanto como beber o comer y que nunca dejaría de ser corredor y nunca podría abandonar tal actividad.

    Siguió subiendo, se quedó sólo, y aunque le dolían las piernas continuó adelante llevado por una fuerza interna que hacía tiempo que no sentía. Miró atrás con orgullo y subió el ritmo hasta donde más pudiera, hasta donde la respiración se lo permitiese, y siguió y siguió adelante, ahora ya sin mirar atrás, consciente que de esta manera la meta llegaría antes, como así fue.

    #16757
    By Keds
    By Keds
    Participant

    Hola Km0’s.

    Uff!!!!……Us parla algú profundament emocionat per la qualitat de la crònica que acaba de llegir…….

    Enhorabona Luigi !!……Ha estat un immens plaer.

    Salutacions.

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